Menuda pirueta. Pasarse la vida defendiendo la iniciativa privada y la sociedad de libre mercado para terminar construyendo un teatro de corte soviético, en el que se despilfarran los impuestos casi confiscatorios que pagan los madrileños. Eso es lo que ha hecho Esperanza Aguirre, que se muestra ahora atribulada por el error cometido. Sería injusto no añadir inmediatamente que la presidenta de la Comunidad de Madrid ha desarrollado, en líneas generales, una excelente gestión política, reconocida por la opinión pública madrileña con su apoyo y sus votos.
El costo real del edificio faraónico que alberga el Teatro del Canal se eleva, si sumamos, a precio de mercado, el terreno sobre el que se ha construido, al entorno de los 50.000 millones de pesetas. Con sólo la mitad de ese despilfarro se hubieran comprado los siguientes teatros de propiedad privada: Albéniz, 1.300 millones de pesetas; Reina Victoria, 1.400 millones de pesetas; La Latina, 1.300 millones de pesetas; Marquina, 1.000 millones de pesetas; Príncipe, 750 millones de pesetas; Calderón, 1.600 millones de pesetas; Infanta Isabel, 900 millones de pesetas; Alcázar, 1.300 millones de pesetas; Arlequín, 400 millones de pesetas; Maravillas, 800 millones de pesetas; Lara, 750 millones de pesetas; Amaya, 600 millones de pesetas; Nuevo Alcalá, 1.500 millones de pesetas; Fígaro, 800 millones de pesetas; Nuevo Apolo, 1.300 millones de pesetas y Alfil, 300 millones de pesetas.
Teatro del Canal, el escándalo que no cesa
El Cultural – Luis María Anson – 20/03/2009
Tras comprar todos estos teatros -16.000 millones de pesetas en total- quedarían nada menos que 9.000 millones para consumir la mitad, sólo la mitad, del costo real del Teatro del Canal. Esos 9.000 millones destinados a reformar y modernizar las salas de los 16 teatros mencionados habrían dejado espléndidos escenarios para la representación de las mejores obras clásicas y actuales. Ahora, por el contrario, los empresarios privados deberán afrontar la competencia desleal del Teatro del Canal, en el que inevitablemente se derrochará el dinero público.
La primera en la frente. Ya sabemos que el personal inicial previsto para el Teatro del Canal, que la iniciativa privada gestionaría con 10 o 12 personas, supera las 120 con un costo en sueldos, horas extras aparte, superior a los 4 millones de euros anuales. A eso hay que sumar los gastos de mantenimiento, limpieza, calefacción, aire acondicionado, luz, teléfono, viajes y varios, amén de lo que se pueda perder en cada representación. En sólo unos años el personal del Teatro del Canal superará las 500 personas porque en los edificios públicos los empleados se extienden como una mancha de alquitrán. En el Centro Dramático Nacional trabajan ya más de 300 personas y en el Teatro Español más de 100. Con el dinero despilfarrado en la operación soviética del Teatro del Canal, los empresarios privados habrían convertido a Madrid durante diez años en la primera ciudad teatral del mundo. Albert Boadella hará una excelente labor. En ese nombre ha acertado Esperanza Aguirre. Pero las Administraciones públicas cambian y no se puede descartar que en el futuro este Teatro del Canal y del derroche albergue los bodrios más deslumbrantes, en medio del despilfarro del dinero público.


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