Ahora que el COI no ha concedido los Juegos Olímpicos de 2016 a Madrid, han aparecido las críticas, que antes esperaban agazapadas quizás por miedo a transgredir ese patriotismo incontestable de lo que todo el país cree que hay que considerar bueno para el país.
La peor parte se la ha llevado, por méritos propios, Ruiz-Gallardón. Es el peligro que tiene apostar todo a la misma carta, el peligro de lanzar un órdago. Todas las políticas de Gallardón estaban desarrolladas por y para conseguir los juegos, y se apoyaban en la ilusión de los madrileños e incluso de los españoles, en base a un patriotismo deportivo tan irracional como cualquiera, como explica claramente Rafael Sánchez-Ferlosio.
La decepción que se vio en la Plaza de Oriente cuando el COI pronunció Rio de Janeiro tuvo, en consecuencia, los mismo tintes de irracionalidad. Lo peor que ha perdido Ruiz-Gallardón no son los juegos, sino la justificación para seguir construyendo la marca Madrid. Solo un dogma es capaz de tapar un gasto publicitario tan brutal para construir una marca.
Sacar adelante al “equipo España” fue lo que se le metió alocadamente en la cabeza al alcalde de Madrid. Por cierto que otros han dicho ya “la marca España” y Naomi Klein, aun más apropiadamente, diría “el logo España”, porque sin duda el enorme incremento de las publicidades nacionales, en detrimento de los gastos en “producción administrativa”, ha convertido las naciones en puros “logos”. De esas permanentes campañas publicitarias forman parte, naturalmente, las actividades deportivas. Gallardón buscaba la grandeza y la gloria de España en el prestigio y la fama de Madrid. La índole publicitaria de los Juegos Olímpicos se manifiesta ya en los procedimientos puestos en juego para conseguirlos, salvo que los estrepitosos movimientos de masas, las multitudinarias convocatorias en torno a estrados de tarima levantados en las grandes plazas, con su cantante y todo, y sobre todo el eslogan estúpidamente sentimental de “la corazonada” son contraindicados, cuando no contraproducentes, para inclinar o doblegar la opinión de un comité de votantes. “Corazonada”, que fue indudablemente excogitado para seducir y arrastrar a los madrileños, podría incluso -de haber habido alguna posibilidad de descabalgar a Río- haber resultado indignante para aquel comité: “¿Conque tendríamos que dárselo a Madrid porque el alcalde ha tenido una corazonada? ¡Hasta ahí podríamos llegar!”. “Corazonada” es una cosa tan huera y tan mágica como “A la tercera va la vencida”.
Corazón arriba, corazón abajo
El País — Rafael Sánchez-Ferlosio — 14/10/2009
Isaac Rosa dice que si Gallardón fuera una calle de Madrid sería la Calle 30, circular y sin dirección, pero a la vez con el cartel colgado de “Todas direcciones”; ahora está en ese punto en el que tiene que elegir una nueva dirección para ponerse a dar vueltas otra vez, sin que se note mucho que ha perdido el rumbo y, más difícil todavía, tiene que encontrar la manera de que su deriva circular no sea un rally para los madrileños.
La Calle 30 tiene aspecto de vía moderna, y el viajero que recorre Madrid por sus carriles sólo conocerá la cara amable, próspera: edificios acristalados, laderas arboladas, barrios habitables; pero no verá todo aquello que la autovía deja de lado, ese Madrid que crece desequilibrado, la ciudad segregada donde aumentan las diferencias entre los barrios según su nivel de renta. Así es la acción política de Gallardón, obsesionado por transmitir una imagen de modernidad, de progreso, de futuro, y sin embargo aplica una política urbanística de derechas, donde el espacio público se deteriora y pierde terreno ante el empuje de las constructoras que tanto se benefician de ese frenesí transformador.
…en vez de humanizar el cinturón de asfalto convirtiéndolo en una calle de verdad, optó por enterrar un tramo, en esos túneles que son metáfora de su forma de actuar: los problemas no se resuelven sino que se esconden, se maquillan. Sigue habiendo atascos pero bajo tierra. Sigue habiendo chabolas, pero no se ven desde las vías rápidas. Y en la superficie, el brillo de las Noches en Blanco, y el sueño olímpico de una ciudad endeudada por muchos años.
Gallardón: todas direcciones
Público — Isaac Rosa — 30/09/2009



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