La universidad Juan Carlos I incluyó a Julián Muñoz y otros chorizos y desató la cólera de las personas de orden. Pues vale. El grueso de los alaridos se proferían en nombre del dichoso dinero público: ¡no de mi bolsillo! Mi amigo Antonio Orejudo escribió en este periódico algo más agudo: esto no es más que el aperitivo de lo que nos prepara Bolonia. Universidades que funcionan con criterios empresariales y, por tanto, no conocen más ética que la de la taquilla: si un chorizo como Muñoz cuelga el cartel de “no hay billetes”, bienvenido sea.
Todo esto se hace, como señala Orejudo, en nombre de una de esas supersticiones contemporáneas ante las que al parecer hay que arrodillarse con credulidad religiosa: la universidad tiene que abrirse a la sociedad y a la empresa, patatín patatán.
A mí me parece que además hay otra superstición muy peligrosa detrás de esto: el descrédito de la teoría y la adoración de la práctica. Hoy en día todo tiene que ser práctico, incluso “eminentemente práctico”. Así es la universidad a la boloñesa: profesores conozco, de Filosofía del Derecho, que no tienen más remedio que poner películas en clase (!), para que así pasen por ser “prácticas”. ¿Corrupción? Dejémonos de teorías y traigamos a auténticos corruptos prácticos. Lo práctico, lo abierto a la sociedad, lo participativo, etc. Es en nombre de estas sandias memeces como nos van convirtiendo a todos en tontos dóciles. Tras esta fe religiosa en lo práctico se esconde el mandato del amo: a ti, esclavo, te basta con saber usar la herramienta, no preguntes qué es ni a quién beneficia, eso es teoría. Miedo me da cuando alguien dice: seamos prácticos. Significa: aprovéchate y no preguntes más.
Seamos prácticos
Carta con respuesta — Rafael Reig — 13/05/2009


0 Responses
Stay in touch with the conversation, subscribe to the RSS feed for comments on this post.